No existe lo que la gente llama inspiración

esppetecoEs uno de los referentes más importantes del folklore y el miércoles 16 presentará un recital especial en La Trastienda, con temas nuevos, clásicos de la música popular y un homenaje a Gustavo Cerati.
Lleva años cantando. Es uno de los más prolíficos pobladores de chacareras del cancionero argentino. Es Carabajal pero no es uno más. Es Peteco, el que debutó en el grupo Los Carabajal, el que después pasó a ser una parte esencial de MPA, y que se convirtió en uno de los compositores preferidos de Mercedes Sosa. El mismo que escribió una de las canciones más lindas a Diego Armando Maradona (“Canción del Brujito”) y que además, la grabó con Charly García. Como su padre, no sólo se dedicó a cantar, sino también militó por la música de sus pagos. A pesar de que hoy, con 50 años, todavía le cuesta asumir que es uno de los referentes más importantes del folklore.

La semana que viene, Peteco presentará su nuevo disco El viajero, donde además de los temas nuevos, retomará algunos de sus albums anteriores, otros clásicos de la música popular y hará un homenaje a Gustavo Cerati. “El nombre es casi un argumento, así pensé el disco. El título me dice cosas, y me imagino al hombre que anda por muchos lugares, el que ve, el que conoce, el que observa y a partir de ahí se nutre la idea completa del disco”, explica Peteco con su pausado acento santiagueño, donde se mezclan un poco de timidez y otro poco de paz. Entre los ruidos furiosos de un bar, el músico mira con calma el ir y venir porteño, y contesta con la firmeza de un sabio cada pregunta.

–En el disco hablás de recorrer muchos lugares. Cuando llegás, ¿qué te gusta, qué ves primero?
–No son los paisajes, que me impactan una vez y ya está. La gente es lo que me interesa; si voy a un lugar y no entablo conocimiento con la gente... Si tuviera que elegir un paisaje más allá de la gente, me quedo con un mar cálido donde pueda meterme. Ahí sí disfruto del paisaje porque puedo meter mi cuerpo, los paisajes que sólo son para mirar... lo miro un rato y ya está, por más lindo que sea. Lo más importante que encuentro cuando viajo es estar en una casa, comer, tomar unos mates, tocar la guitarra y estar con la gente. A veces pasa que llego directo para ir a un hotel, y de ahí a cantar y vuelvo al hotel a buscar el bolso... Esos viajes me dejan una sensación de vacío, porque me preguntan: “¿Qué te parece tal lugar?” La gente del pueblo quiere que le diga algo lindo, y yo no puedo decirles nada, así que le contesto que ha estado linda la tocada.
–En tantos años de profesión, ¿qué es lo que más te agota?
–¡Y, eso! El hecho de viajar mucho para tocar y no poder hacer algo más. Viajar mucho para estar a lo mejor una hora en un escenario y después volverte. A veces tengo muchas horas de soledad, de encierro en el hotel. La organización cree que debo estar tranquilo, solo, ¡y a mí no me gusta estar solo! Por ahí, me pasó sentir miedo. Ahora, que toca mi hijo Homero conmigo, lo invito a la pieza a mirar televisión juntos. Es duro, a veces son varios días fuera de casa, y estoy un domingo solo en una pieza en un lugar que no conozco.
–Hay dos temas que retomás en el el disco, de Petrocelli y de Silvio Rodríguez, ¿por qué?
–Son canciones que tomé como referencia de lo que fue la canción en los años setenta. Me pareció que este es un buen momento para retomar este cancionero y estos autores. Me gusta retomar esa bandera que tenía Mercedes Sosa, elegir el repertorio como si lo estuviera eligiendo ella.
–¿Qué sentís cuando esa actitud que tenés te convierte en un referente?
–Es bueno que los muchachos imiten la energía que he puesto en no creer en el éxito, de no buscar “pegarla” con un tema. Hace mucho tiempo que los grandes maestros del arte vienen enseñando que el verdadero arte debe estar despojado de esas especulaciones. Hoy la música de raíz folklórica está en un rumbo que mezcla todo, las letras parecen escritas por adolescentes, siempre con la misma historia entre un hombre y una mujer. Y rítmicamente es una mezcla de rumba flamenca, huayno, cumbia. Apenas lo escucho, ya sé desde qué lugar lo han hecho. Si es verdad que soy una referencia, sería bueno que no busquen el éxito como primer paso.
–Esa constante tendencia a innovar, ¿qué costo tuvo para vos?
–No lo tuvo. Hoy estoy muy feliz de haber transitado y seguir transitando el camino como lo transito. Son casi 40 años desde que empecé y sigo sin haber tenido un suceso, sin un disco que haya sido una revelación, y sin embargo estoy. Hoy, el joven que surge ya tiene la presión del resultado. Cuando tenía 18 años no estaba de moda ser joven en el folklore. Hoy los jóvenes hacen 200 chacareras, pero no se escucha ninguna.
–¿Es verdad que componés todo el tiempo?
–No. Cada tanto sale algo, pero para mí no existe lo que la gente llama inspiración. Existe el conocimiento, existe el estar preparados y el quedarse quieto. Son etapas, porque entre los 25 y los 30 explotaba la creación, pero ahora me quedo quieto, y en un momento sin darme cuenta aparece una canción y la agarro. Pasa que la chacarera tiene cuatro líneas, ¡el espacio es muy cortito como para hacerse el loco creador, y dentro eso te tenés que mover! La chacarera tiene que ser nueva al oído, y a la vez tiene que responder a colores genuinos, tiene que tener ritmo, emoción, todo eso en ese pedacito. Imaginate una cinta donde pasan miles de platos y tazas todos iguales, y vos en un momento mires, y pase uno y sepas que es distinta. ¿Qué es lo que te hace elegir? El conocimiento, el haberte quedado quieto a contemplar.
–¿Por qué te dedicás a la pintura?
–No sé la verdad de dónde viene. El papá de una amiga tenía una librería y cerró el negocio y el tipo me mandó pinceles y óleos. Ahí nomás me compré un bastidor y empecé a pintar. Tengo los cuadros en mi casa, paso al lado de un cuadro y le pego dos o tres pinceladas. A veces pongo varios cuadros y por ejemplo estoy pintando uno y con lo que me sobra de pintura, le pongo en algún lugar que haya una tonalidad así que los cuadros siempre están frescos. Por ahora hago lo que puedo, no tengo estilo, no tengo técnica de pintar pero cuando hay algo que me gusta de mi casa lo pinto para practicar, para entender la iluminación, las sombras, las perspectivas...
–¿Hay una nueva manera de componer canciones?
–Siempre se renueva, sobre todo en Latinoamérica, donde en varios países se viene una coincidencia de ánimos . Por un lado, se están retomando las canciones de los años setenta y por otro lado hay nuevas voces que con otras características testimonian este momento, por decirte Calle 13 o la vigencia de Rubén Blades, que marca un nivel profundo de humanismo. Yo no creo en este mercado, que es alimentado tanto por artistas como por empresarios, de que “a la gente le gusta”. Nadie sabe qué pero “a la gente le gusta”, y por eso aparecen canciones tontas, artistas que cantan ese tipo de canciones, y todo un mercado que lo único que hace es mantenerse a sí mismo y todos terminan siendo cómplices.
–¿Qué sentís cuando lo ves a Homerito cantando?
–Es hermoso, porque nosotros seguimos siendo el papá y el hijo sin ningún pudor. Es una cosa que vivíamos con mi viejo, de mucho cariño, de mucha piel también. Mi viejo, constantemente, hasta que falleció, era alguien que te acariciaba, te rascaba la cabeza, te tocaba los pies, con mi mamá lo mismo y nosotros con Homero somos así. A mí me gusta cada tanto mirarlo y ver que es mi hijo el que está ahí, que está grande y si puedo me apoyo en su hombro. 

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